Acostumbro a explicar, en los cursos y conferencias que imparto, una situación que viví durante los primeros años de mi experiencia laboral como profesional de selección y que tiene que ver con los prejuicios y cómo éstos pueden afectar negativamente a un proceso de selección (para delimitarlo, pero el prejuicio suele resultar bastante negativo en general).

La historia es la siguiente (Os aseguro que la dramatización que le pongo al texto era real).

Con 27 años (aparentaba menos), la empresa para la que trabajaba decidió que me encargase de un proceso de selección de director de operaciones para una importante empresa.

Realicé diversas entrevistas, pero en una ocurrió algo diferente.

Recibí a la persona en mi despacho. Le acompañaron a la puerta y yo salí a recibirlo y a darle la mano. Era una persona de unos 50 años, fuerte, grande, seria, con americana y corbata y rasgos duros.

Por la cara que hizo al verme en la primera impresión, no le gusté mucho diría yo.

Me apretó la mano como si estuviera en una pelea de gladiadores y mis huesos crujieron. No es broma. Pero suelen crujir fácilmente. Él no reaccionó ante la dureza de su apretón (yo tampoco es que diese la mano blanda, pero tan fuerte seguro que no).

Me pareció que estaba enojado conmigo, aunque yo no le había hecho nada negativo. Ni tan sólo lo conocía.

Le invité a pasar y me sorprendió bastante lo que hizo.

Como ya sabéis, en muchos despachos la distribución y las sillas marcan dónde se sienta cada uno. La silla de la persona que trabaja en ese despacho suele ser más cómoda que la de los invitados y suele haber una silla mientras que en el otro lado hay dos, habitualmente.

En este caso, mi silla era un sillón con ruedas para desplazarme y estaba más alejada de la puerta que las sillas de l@s invitad@s, que estaban a un paso de la puerta, como también suele ser habitual.

Pues el candidato en cuestión se dirigió a paso lento pero firme, como Clint Eastwood en sus memorables Far Wests,  hacia mi silla, y sin ningún reparo, se sentó en ella.

Como podéis imaginar, yo estaba alucinando, porque no daba lugar a dudas dónde iba cada uno. Así que, casi con monosílabos y con el dedo, le dije “ahí no, aquí”. Y le señalé su sitio.

Al candidato no le gustó mi indicación. Así que se levantó como si tuviese un chicle enganchado en el trasero y, poco a poco, dejó ir algo así como: “me esperaba a alguien más de mi edad”.

Y se dirigió, a disgusto, hacia su silla.

Yo, que siempre me ha gustado el teatro y que se me da bien imitar, copié su ritmo y tono y, sentándome poco a poco, le dije: “si te contratamos, tu jefe, tiene mi edad”.

Y se vino abajo.

Hasta aquí el relato sobre una persona que tuvo un prejuicio hacia mi en un proceso de selección y cómo le afectó negativamente en la entrevista. Ahora el análisis.

¿Por qué se vino abajo? Yo le estaba diciendo que el motivo por el que yo me encargaba del proceso no era baladí. Me pusieron a mi para ver cómo respondían l@s candidat@s ante una persona joven, como sería su superior en la empresa.

Él consideró que yo no era válido para ese trabajo por mi edad. Le podría pasar lo mismo en el trabajo con un jefe de mi edad.

¿Y por qué os explico esta historia? Es la excusa para daros los siguientes consejos:

  • Los prejuicios ayudan poco. También son poco útiles en un proceso de selección, porque no nos permiten esperar, escuchar, entender y actuar en consecuencia. El prejuicio es habitual y diría que lógico en el ser humano. Le facilita el esquema de pensamiento (tratar a cada ser de forma individual es muy cansado… aunque se debería intentar) y lo hace partícipe de un grupo y lo coloca frente a otro, algo muy clásico del ser humano. Pero sería saludable detectar los prejuicios que tenemos, indagar qué parte es verdad y qué no y liberar un poco la mente. En el caso que os acabo de explicar, le hubiese ido de perlas.
  • En un proceso de selección, la persona que entrevista no es tu enemiga. Si lo tratas así, si muestras resistencia, oposición… no te irá bien la entrevista. Es muy distinto cuando tratas a ese alguien como tu cliente. ¿Qué hace un buen profesional comercial con los clientes? Los analiza, les pregunta, indagan qué necesitan y, si pueden, se lo ofrecen, conociendo previamente el producto. Pues la persona que nos entrevista, si lo tratamos como nuestro cliente, tendremos mucho más a ganar.
  • Hay quién dirá y/o pensará: “ya, pero hay profesionales que hacen la selección que son horribles y no hacen bien su trabajo”. Ok, primero, no perdamos el objetivo de vista. Segundo, si alguien en una entrevista, se sobrepasa, podemos escoger qué hacer. Tercero, que una mala experiencia no la pague la siguiente persona que te entrevista (bueno, ciertamente, lo pagarás tú). Cuarto, en todas las profesiones hay malos profesionales (y diría que, en general y en mi opinión, no hay un nivel excelente profesional en muchos lugares).
  • Acude a la entrevista con actitud abierta, flexible, habiéndotela preparado, pero dando margen a adaptarse a lo que pueda pasar. Esta persona preveía, puede ser que inconscientemente, que la persona que lo entrevistaría era como él y no alguien joven, Eso, le restaría calidad a la oferta (un prejuicio). Si hubiese entrado con actitud positiva, esperando, reflexionando, escuchando, otro gallo hubiese cantado.

Y hasta aquí mi relato sobre prejuicio en un proceso de selección o sobre cómo hemos de ser pacientes, escuchar y empatizar… nos llevará por mejor camino.

Tengo más historias, así que igual me animo y os explico alguna más.

PD: Por cierto, coincidí años más tarde con esa persona. Él se acordaba bastante de mí. Y me explicó que esa entrevista le hizo cambiar algunas ideas oxidadas.

Al final no resultó ser tan mala experiencia.